
Verano fatídico, verano caótico, caótico malvado, caótico siniestro, caótico y cerrado...

Como creyéndome invulnerable al peligro y al demonio que acecha en ella, la noche de invierno en la ciudad me arrastraba a las calles desiertas, al caminar solitario a través de su frío y su misterio. Hechizado por una seducción clandestina rechazaba comodidades y compañías, seguridades y conversación para internarme en callejuelas y avenidas, con el gélido silencio y la muda sonrisa y aquella voz interior que fue languideciendo.
El camino de ida era el de las ilusiones y los sueños, el de los proyectos; el de vuelta era de realidad y el vaho de mi aliento anticipándose atento.
Ya no camino por la noche en mi ciudad. Se acabaron los brazos en los bolsillos, el cuello de la ropa alzado que otorgaba un aire furtivo a mi expedición, prescribió la estación en que prefería las avenidas abiertas para que el viento me buscara en alguna parte. Y no sé si porque ya he llegado, si se terminó la senda y no quedan caminos de regreso...
Escuchando, escuchando sin parar...


